Sensaciones sin filtro: Crónica de un cansancio hermoso (Mi Quito querido)

No sé en qué momento dejé de distinguir si me dolía el cuerpo por la altura o por la vida.

Si era el estómago o el alma lo que pedía tregua.

Si el mareo era un virus invisible o el vértigo de estar justo donde soñé.

La ciudad me abrazó con niebla, con taxis ruidosos,

con reuniones que eran más promesa que presente.

Y yo, que venía con miedo a que no funcionara,

terminé funcionando más de lo que podía dar.

No sé cómo pasó.

Solo sé que un día me desperté liderando algo que parecía imposible,

y al día siguiente una parte de mí ya no quería demostrar nada.

Tuve frío.

Tuve fiebre.

Tuve éxito.

Tuve ganas de abrazar a alguien y no soltarle hasta volver a Madrid.

A veces pienso que los viajes —o ciertos lugares, ciertas circunstancias—

nos devuelven versiones de nosotros mismos que habíamos intentado evitar.

Y este, en concreto, me devolvió a la que se rompe sin permiso,

la que llora en un hotel mientras firma contratos,

la que extraña una lengua propia mientras traduce emociones en inglés.

También hubo un gesto. Y una frase.

De esas que no se gritan porque se dicen con los ojos,

porque nacen del cariño silencioso.

Un “cómo estás” con el tono exacto,

una presencia sin juicio,

un cuidado que no pidió nada a cambio.

Una forma de sostener sin sujetar.

De acompañar sin ruido,

de permitirme ser sin exigir.

Y aunque no tenga nombre ni título,

sé que ese gesto nacido de un corazón grande y tierno me sostuvo más que cualquier tratamiento médico.

Y fui.

Una mezcla rara entre mujer, niña, jefa y corazón a medio cocinar.

Me quedé quieta. Me dejé cuidar. Me dejé ver.

Ahora vuelvo.

A Madrid, a mi casa, a mis cosas.

Con una maleta llena de nuevas oportunidades, medicamentos, chocolate ecuatoriano y café colombiano.

A dejar que todo se recomponga.

Y una sensación nueva:

no tengo que demostrar nada a nadie.

Solo ser.

Y, si puedo, amar en mi idioma.

Aunque sea en silencio.

Gracias, Quito querido.

Por desnudarme el alma y el corazón con altura.

Por recordarme que a veces, solo a veces,

parar por un momento es la forma más honesta de ir adelante.

Besos Sensacionales de Allegra

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