Sensaciones de cuando dejas de ver fronteras y empiezas a ver personas

Este blog no nació para hablar de geopolítica

(aunque es un tema que me apasiona).

Tampoco para analizar guerras ni convertir la actualidad en titulares de opinión.

Pero hay días en los que lo humano pesa más que lo estético.

Más que lo esperado. Más que lo cómodo.

Y este es uno de esos días.

Estos días, como muchos, sigo las noticias.

Israel, Irán, Gaza, Ucrania, Estados Unidos, Sudán del Sur…

Las amenazas. Las represalias. Los misiles.

Las imágenes pixeladas. Los vídeos que ya no se pueden borrar de la mente una vez vistos.

Y los rostros enmudecidos por el miedo.

Y más allá del ruido, lo que me sacude no es el conflicto en sí,

sino las vidas que quedan atrapadas en él.

Pienso en los miembros de las familias que no pueden comunicarse entre ellos.

En quienes viven o tienen seres queridos en Irán, en Israel, en Gaza o en cualquier otro país en guerra.

En quienes esperan mensajes de “sigo bien” que no llegan porque el internet está bloqueado.

Pienso en la distancia que se convierte en abismo.

En el miedo.

En la impotencia.

En el desarraigo.

Y en medio de todo eso, me doy cuenta, una vez más, de lo profundamente afortunada que soy.

Tengo el privilegio de viajar por el mundo.

De conocer a personas de culturas que hace años me resultaban lejanas.

He compartido aulas, clases, cafés, proyectos y silencios con estudiantes y colegas de decenas de países.

Y cuando haces eso durante suficiente tiempo, algo cambia:

las fronteras se desdibujan, y en su lugar empiezas a ver personas.

Ves la sonrisa de un estudiante libanés que sueña con estudiar medicina en Europa.

Ves a una compañera iraní que ama las letras, el arte, la ciencia y la vida, como cualquier otra.

Ves a tu amiga judía en México, celebrando el shabat con su familia y haciendo todo lo posible por no mirar las noticias de Tel Aviv.

Recuerdas a ese compañero ucraniano que llegaba cada mañana a la oficina con una entereza silenciosa, sabiendo que su familia seguía en zona de guerra.

Y al profesor venezolano que dejó atrás todo lo que tenía por disentir, y empezó de cero con dignidad.

A tu amiga ecuatoriana, marcada para siempre por una tragedia extrema que nunca debería haber ocurrido.

Y a tantos estudiantes que llegaron a ti desde Colombia, Rusia, Cuba, Egipto, Corea, México, Brasil o Venezuela, entre otros tantos países, buscando refugio, buscando consuelo, buscando futuro.

Uno, incluso, acompañado de su padre que te suplicó que lo matricularas, porque si regresaban… no volvería con vida.

Y entonces aprendes.

Aprendes que se puede amar a una amiga judía, empatizar con un colega iraní, escuchar a un refugiado sin juzgar su historia,

y al mismo tiempo cuestionar los distintos gobiernos del mundo sin caer en contradicciones.

Porque los pueblos no son los gobiernos.

Y porque, en todos los países, hay gente buena y gente que no lo es.

Pero sobre todo, hay personas que solo quieren vivir en paz.

Hay quienes nunca han tenido que salir corriendo de su país.

Y hay quienes no tuvieron más remedio.

Hay quienes nacen en tierra firme.

Y quienes nacen en tierra herida.

Y quienes nacen en tierra en guerra.

La diferencia no la marca el mérito: la marca la suerte, más las ganas y el coraje que tú le pones para cambiar tu situación personal, para salir del hoyo en el que te encuentras.

Y por eso, desde esta casa mía,

en pleno centro de Madrid,

con agua saliendo del grifo,

con una nevera llena y un techo estable,

yo doy gracias cada día.

Por haber nacido en este país.

En esta patria.

En este continente que, más allá de sus gobiernos y colores,

sigue siendo tierra de paz, de cultura, de historia y de derechos humanos.

A veces lo olvidamos.

Nos quedamos atrapados en las broncas, en los titulares,

en la política de plató y en los debates de salón.

Pero España y Europa son mucho más que el gobierno de turno.

España es mucho más que lo que se grita en redes sociales.

España es el abuelo que te enseña lo que es la dignidad,

con esa fortaleza silenciosa que nunca necesitó grandes palabras (gracias abuelo, te extraño 💗).

Es la abuela que no te deja irte sin comer (Carmen y Justa se llaman ❤️).

Es la vecina que te riega las plantas cuando estás fuera.

Es el sol en diciembre.

El aplauso en el teatro, los conciertos y cines de verano.

Y la risa que se cuela por los balcones.

España es hogar.

Y desde ese hogar,

hoy abrazo al mundo con el alma abierta y los ojos conscientes.

Porque hoy, más que nunca,

necesitamos mirarnos sin banderas

y reconocernos simplemente como personas.

Personas que aman.

Que pierden.

Que esperan.

Que se ayudan.

Que se reconocen en los ojos del otro, independientemente de la nacionalidad. (Te Amo💙)

Personas que no deberían tener que sufrir una guerra para ser vistas.

Y que no deberían tener que abandonar sus países jamás, si así no lo desean.

Besos Sensacionales de Allegra

Sensaciones sin filtro: Crónica de un cansancio hermoso (Mi Quito querido)

No sé en qué momento dejé de distinguir si me dolía el cuerpo por la altura o por la vida.

Si era el estómago o el alma lo que pedía tregua.

Si el mareo era un virus invisible o el vértigo de estar justo donde soñé.

La ciudad me abrazó con niebla, con taxis ruidosos,

con reuniones que eran más promesa que presente.

Y yo, que venía con miedo a que no funcionara,

terminé funcionando más de lo que podía dar.

No sé cómo pasó.

Solo sé que un día me desperté liderando algo que parecía imposible,

y al día siguiente una parte de mí ya no quería demostrar nada.

Tuve frío.

Tuve fiebre.

Tuve éxito.

Tuve ganas de abrazar a alguien y no soltarle hasta volver a Madrid.

A veces pienso que los viajes —o ciertos lugares, ciertas circunstancias—

nos devuelven versiones de nosotros mismos que habíamos intentado evitar.

Y este, en concreto, me devolvió a la que se rompe sin permiso,

la que llora en un hotel mientras firma contratos,

la que extraña una lengua propia mientras traduce emociones en inglés.

También hubo un gesto. Y una frase.

De esas que no se gritan porque se dicen con los ojos,

porque nacen del cariño silencioso.

Un “cómo estás” con el tono exacto,

una presencia sin juicio,

un cuidado que no pidió nada a cambio.

Una forma de sostener sin sujetar.

De acompañar sin ruido,

de permitirme ser sin exigir.

Y aunque no tenga nombre ni título,

sé que ese gesto nacido de un corazón grande y tierno me sostuvo más que cualquier tratamiento médico.

Y fui.

Una mezcla rara entre mujer, niña, jefa y corazón a medio cocinar.

Me quedé quieta. Me dejé cuidar. Me dejé ver.

Ahora vuelvo.

A Madrid, a mi casa, a mis cosas.

Con una maleta llena de nuevas oportunidades, medicamentos, chocolate ecuatoriano y café colombiano.

A dejar que todo se recomponga.

Y una sensación nueva:

no tengo que demostrar nada a nadie.

Solo ser.

Y, si puedo, amar en mi idioma.

Aunque sea en silencio.

Gracias, Quito querido.

Por desnudarme el alma y el corazón con altura.

Por recordarme que a veces, solo a veces,

parar por un momento es la forma más honesta de ir adelante.

Besos Sensacionales de Allegra