¿Nos hemos vuelto indolentes ante la desgracia ajena?

La triste historia de Juan

Juan es hijo único, tiene 25 años, ha estudiado un grado de formación profesional que a día de hoy todavía no le ha servido o no ha sido suficiente para encontrar un trabajo estable.

Juan era un chico de clase media, con una vida completamente normal, su familia no podía permitirse grandes lujos pero vivían bien: trabajos mileuristas, casa, coche y vacaciones en el pueblo a excepción de una semana en la playa al año, lo típico por allá antes de la crisis…

Hace tres años exactamente, primero su padre, albañil de profesión, y unos meses después su madre, profesional en una contrata de limpieza para empresas, se quedaron en el paro, tenían una hipoteca que pagar pero al menos los dos podían cobrar los subsidios durante los dos años correspondientes, decidieron entonces que en ese tiempo, ellos buscarían trabajo nuevamente, mientras su hijo terminaba su formación y realizaba las prácticas en empresa, que encima tendrían que costear ellos con gran esfuerzo, porque la empresa en cuestión no pagaba ni el abono transporte para ir y venir del trabajo, igualmente estaban esperanzados, pues ilusionaron al hijo, y a toda la familia, con un compromiso de contrato de trabajo al finalizar las prácticas que nunca llegó…

Indolentes en el metro

Hoy en día, sus padres siguen desempleados, se les acabaron las respectivas pagas y subsidios hace unos meses, el banco los tiene amenazados, a punto de desahuciarlos, cuando solo les quedan de pagar tres años de hipoteca, y el pobre Juan está hoy mismo contando esta historia en el metro de Madrid, en un vagón de un tren de la línea 10, le escucho decir que nunca en la vida se había imaginado en semejante situación pero están desesperados, y no está pidiendo dinero que es lo que más me sorprende, está pidiendo un trabajo de lo que sea, una oportunidad o ya de paso, algo de comida que llevarse para su casa, así sea un paquete de pasta o legumbres que alguna buena señora lleve en la bolsa de la compra diaria.

Va bien aseado, es muy educado hablando, cuando termina su exposición pide disculpas por habernos molestado a los que allí estamos presentes, empieza a caminar entre la gente buscando una mirada de consuelo o de esperanza en los ojos de alguien, pero no consigue empatía recíproca por parte de nadie, no le dan comida, tampoco dinero…miro a mi alrededor y me doy cuenta de que los allí presentes, más bien están ausentes, prácticamente  nadie le ha escuchado, el que no va con el móvil, está leyendo en su tablet o lleva los auriculares puestos escuchando música, veo a un grupo de adolescentes que no han parado de hablar entre ellas y de reírse en el momento que Juan estaba contando su historia ¿Cómo es posible que no les haya llamado la atención? ¿Cómo es posible que no se hayan desviado de su interesante conversación sobre el guapo de la clase y la fiesta del sábado ni un solo momento para escuchar esta trágica historia? Yo cuando pasa Juan lo máximo que hago es bajar la mirada…tampoco he hecho nada…me siento impotente pero no tengo como ayudarle ni sé que decirle…me ha pillado todo tan de sorpresa…

Si me pongo a hacer memoria, por el metro de Madrid, todos los días camino del trabajo o de clase, están los que venden dos paquetes de pañuelos de papel a cambio de la voluntad, los drogadictos que piden dinero para sus vicios, los que portan consigo la licencia de minusvalía alegando que no podrán trabajar nunca y siempre van a pedir, los grupos de música y artistas independientes que te amenizan con unas cuantas canciones una o dos estaciones de metro de tu recorrido diario a cambio de unas monedas, estos últimos a mí me gustan, pues ¡al menos me alegran el día con ritmos pegadizos! Pero la historia de Juan, esa mirada tan sincera, humilde, llena de dolor y de impotencia a la vez no lo había visto nunca, me ha llegado muchísimo…y no hago nada más que darle vueltas en mis ratos libres, pienso que será de él y de su familia, y de tantas otras familias españolas o inmigrantes, que han trabajado y cotizado en España, que estarán en la misma situación, trato de ver dónde puede estar la solución pero no la encuentro.

Sensaciones ante la indiferencia al dolor ajeno

Y con esta historia no pretendo hacer denuncia social, ni decir que los políticos son unos corruptos y por eso estamos así, que por eso hay gente buscando comida en los cubos de basura, que los he visto por desgracia también en plena acción, y no un día ni dos, sino muchos…no trato de culpabilizar a los de fuera, a los que están más arriba de nosotros y los que tienen más poder, ellos hacen y deshacen según las licencias que les otorgamos el conjunto de la sociedad y lo que les permitimos, voy más allá…¿has mirado alguna vez dentro de  ti? Busca… ¿Cuántos días vas en el metro y no levantas la cabeza del móvil o no paras ni un segundo tu ritmo frenético a escuchar a los que piden ayuda?

¿Has pensado alguna vez en hacer voluntariado, ir a una manifestación o hacer un pequeño gesto que le alivie un poquito a un desconocido que te pide ayuda por necesidad? Porque auxiliar a los conocidos de nuestro entorno es más sencillo…

¿Has criticado alguna vez a ese amigo, vecino o familiar que lleva dos años en el paro y que no encuentra trabajo porque es un vago o un flojo según tú? Pues  te digo que no estás en su cabeza ni en su piel para saber lo que está sufriendo, no sabes si hace mucho o poco, o si ya se dio por vencido y no puede más…la ayuda emocional también es muy importante en estos casos.

¿Te impresionan las noticias de crímenes pasionales, homicidios, desahucios, suicidios por desesperación económica o robos por necesidad en los telediarios o ya solo comentas eso de “otro inocente más que cae” mientras te llenas la boca de comida con el tenedor a la hora de la cena, mirando la televisión como si nada pasara? Con decir que la culpa de que seamos indiferentes a este tipo de noticias es de los medios de comunicación y de los periodistas que no saben otra cosa que divulgar malas nuevas porque es lo que engancha y vende parece que tenemos argumento más que suficiente, pues insisto ¡es así porque nosotros lo permitimos!

Yo opino que es culpa de todos, porque me incluyo, y de nadie a la vez, de todos por permanecer impasibles e inmóviles ante todo esto, y de nadie porque vivimos bajo unas normas sociales y leyes estatales que no nos permiten hacer mucho más…

Esto es un canto a la utopía, lo sé, pero ojalá podamos cambiarlo algún día…y recuerda: hay que cambiarlo empezando por uno mismo, no por los demás…de adentro hacia afuera…

Y Juan, no sé si tienes acceso a Internet y si podrás leer esto o no, pero te deseo toda la suerte del mundo y espero que la próxima vez que te vea en un vagón de la línea 10 del metro de Madrid estés yendo a trabajar…

Besos Sensacionales de Allegra

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