No todo el dolor viene de la ruptura.
Hay dolores más sutiles, más silenciosos, que no siempre sabemos nombrar.
Uno de ellos es el duelo del tiempo no compartido.
No hablo solo de la distancia física, sino de todo lo que no fue porque no pudo ser.
De los fines de semana que no llegaron.
De las conversaciones que se quedaron en mensajes de voz.
De las rutinas que nunca se construyeron porque cada uno estaba en una ciudad distinta, en un país distinto, en un ritmo distinto.
La vida sigue, continúa.
Y mientras tanto, una parte de ti espera.
Esperas el próximo viaje.
La próxima visita.
El próximo “cuando estemos juntos”.
Y sin darte cuenta, vas acumulando una tristeza muy concreta:
la de no haber vivido lo cotidiano con la persona que amas.
Porque lo que más pesa no son los grandes planes frustrados.
Es no haber podido compartir lo simple.
Lo normal.
Lo de todos los días.
Despertarte juntos un martes cualquiera.
Cenar sin prisas.
Aburrirse en el mismo sofá.
Construir recuerdos que no necesitan billetes de avión.
Cuando hay distancia —emocional o geográfica— se ama a ratos.
Se ama con intensidad, sí.
Pero también con interrupciones.
Y cuando llega una pausa, ese duelo se reactiva.
No solo duele la incertidumbre.
Duele sentir que el tiempo sigue avanzando mientras tú sigues esperando.
Esperando claridad.
Esperando decisiones.
Esperando que la vida deje de estar en suspenso.
No siempre es rabia contra la otra persona.
A veces es rabia contra el reloj.
Contra la sensación de haber amado bien, pero tarde.
O lejos.
O a destiempo.
Nombrar este dolor no es reprochar.
Es reconocer una pérdida invisible.
Porque también se pierde lo que nunca llegó a vivirse.
Y ese duelo merece espacio, respeto y tiempo.
Quizá amar también consista en esto:
en atreverte a mirar de frente el tiempo que no fue y decidir, con honestidad, qué hacer con el que aún queda.
Besos Sensacionales de Allegra