Sensaciones del día de antes

Cuando salí del hotel con tres maletas, Gabriel ya estaba esperándome dentro del coche. Habían pasado varios meses desde la última vez que nos habíamos visto, pero él sonrió como si me hubiera dejado allí la tarde anterior.

—¿De verdad necesitas viajar con todo eso?

Miré las maletas, después lo miré a él y me encogí de hombros.

—Está siendo un viaje complicado, mejor no preguntes.

Gabriel se bajó del coche para ayudarme, siempre tan caballeroso y atento conmigo.

La verdad era que aquel encuentro no debería haber ocurrido. Él acababa de regresar de un viaje por Asia con su pareja y tenía previsto volar al día siguiente hacia otra ciudad. Yo, en cambio, llevaba varias semanas viajando por Sudamérica por trabajo y aquella tarde abandonaba definitivamente Buenos Aires para continuar hacia Montevideo.

Cuando nos dimos cuenta de que no íbamos a coincidir durante mi estancia en Argentina, pero que sí había una pequeña ventana de oportunidad para vernos unas horas el día que yo me iba y que él volvía, Gabriel cambió su vuelo.

Lo adelantó un día y buscó uno que saliera aproximadamente a la misma hora que el mío.  Así conseguiríamos dos horas para compartir, quizás tres.

Después de casi quince años de historia intercontinental, parecía seguir funcionando así: pequeños espacios robados entre vuelos, países, relaciones y vidas que casi nunca terminaban de coincidir.

Gabriel había ido a buscarme al hotel y juntos atravesamos Buenos Aires en dirección al aeropuerto. El tráfico estaba completamente detenido y a mí me hizo gracia pensar que, por una vez, aquel caos jugaba a mi favor.

Teníamos más tiempo. Hablamos durante todo el trayecto. Nunca nos había costado hacerlo, la conversación siempre fluye fácil entre nosotros.

A lo largo de los años hemos tenido épocas de mucha cercanía y otras de largos silencios. Hemos sido amantes en algunos momentos y desconocidos voluntarios en otros. Nos hemos despedido muchas veces convencidos de que aquella vez sí sería la última en mucho tiempo, pero nunca ha ocurrido, la vida siempre nos sorprende y nos trae de vuelta, siempre.

Hubo incluso unos años, antes de que yo conociera a Florián, en los que ambos estuvimos solteros y volvimos a acercarnos de una manera diferente. Gabriel viajaba seguido para verme a mi ciudad. Algunas veces pasaba varios días en mi casa. Yo también había pasado temporadas en la de él.

Compartíamos una intimidad difícil de explicar.

Podíamos pasar una noche entera acurrucados en el sofá escuchando música, hablando de cualquier cosa, abrazados. Nos besábamos. Dormíamos juntos. Nos cuidábamos. Gabriel cocinaba para mí; yo organizaba la casa mientras él trabajaba. Algunas noches nos quedábamos dormidos abrazados y no ocurría nada más.No lo necesitábamos, así era perfecto para nosotros en aquel momento.

Habíamos conocido ya la intimidad física en otros momentos de nuestra historia y, precisamente por eso, quizá habíamos descubierto que lo que los unía no dependía solamente de ella.

Había algo más.

Una sensación de reconocimiento que seguía apareciendo muchos años después.

Yo nunca había conseguido ponerle nombre.

Solo sabía que cada vez que veía a Gabriel sentía todavía aquellas ridículas mariposas en el estómago.

Había aprendido a convivir con ellas.

Durante el trayecto al aeropuerto hablamos también de su relación actual y de Florián. Le conté que, después de meses complicados, las cosas parecían haberse colocado finalmente entre nosotros. Que estábamos haciendo planes. Que probablemente me mudaría con él a Copenhague. Que habíamos hablado seriamente de construir una vida juntos.

Saqué del bolso un pequeño anillo que llevaba unas semanas guardando como mi mayor tesoro, y del que no podía separarme, porque de solo verlo me daba un vuelco de alegría el corazón. Aún lo conservo.

—Mira.

Gabriel lo sostuvo durante unos segundos.

—Entonces esto va en serio.

Sonreí.

—Sí. Creo que sí.

Él volvió a mirarme antes de devolverme el anillo.

—Es muy bonito. Me alegro por ti.

Y seguimos hablando.

No hubo ningún momento extraño. Ninguna declaración fuera de lugar. Ningún intento de convertir aquel encuentro en algo diferente.

Quizá porque ambos llevábamos demasiados años aprendiendo los límites de aquella historia.

Llegamos al aeropuerto con tiempo suficiente para facturar mis tres maletas y comer y Gabriel insistió en invitarme. Nos sentamos en uno de los restaurantes de la terminal. A mí me parecía curioso observarlo allí. Gabriel seguía teniendo algunos de los gestos de aquel hombre del que me había enamorado tantos años atrás, pero también era otra persona. Los dos lo éramos.

Habíamos crecido separados.

Él tenía una relación que intentaba cuidar. Yo estaba convencida de que iba a empezar una nueva etapa con Florián. La vida parecía haber colocado finalmente las piezas. Y quizá por eso podíamos querernos a nuestra manera con cierta tranquilidad.

Cuando terminamos de comer caminamos juntos hasta el punto en el que debíamos separarnos para llegar a nuestras respectivas puertas de embarque.

Entonces lo abracé todo lo fuerte que pude. No fue un abrazo especialmente rápido. Tampoco uno de esos abrazos educados que se dan dos personas que quizá no vuelvan a verse en unos meses. Cerré los ojos y apreté un poco más.

Había cosas que nunca necesitaban demasiadas palabras entre nosotros.

—Te quiero—le dije con absoluta tranquilidad.

No era una invitación. No estaba confesando nada. No estaba intentando cambiar ninguna de nuestras vidas.

Acababa de contarle que amaba a otro hombre, que tenía un anillo y que estaba planeando mudarme a otro país con él.

Aquel «te quiero» pertenecía a otro lugar. A uno que solo pertenece a nuestros corazones y a nuestra particular relación interoceánica sin etiquetar.

Gabriel me abrazó.

—Yo también.

Después nos separamos. Caminé hacia mi puerta de embarque y no volví la cabeza.

Aquella noche aterricé en Montevideo. Dos amigas me esperaban para cenar. Conocían a Gabriel. O, mejor dicho, conocían la historia. Habían escuchado durante años nuestras idas y venidas, los momentos en los que parecía que por fin iba a ocurrir algo, las tensas distancias, los reencuentros y las decisiones que siempre terminaban llevando a cada uno hacia un lugar distinto.

—¿Y qué tal verlo? —me preguntó una de ellas.

Me quedé pensativa unos segundos. Después sonreí.

—Como siempre.

—Eso no responde nada.

Bajé la mirada hacia la mesa. No estaba triste. Tampoco estaba confundida. De hecho, me sentía por primera vez en mucho tiempo extrañamente tranquila.

—Voy a quererle siempre —dije finalmente—, pero ya estoy acostumbrada a no estar con él.

Mis amigas no dijeron nada. No hacía falta. Había tardado muchos años en comprender aquello.

Durante mucho tiempo había asociado el amor a la posibilidad de estar con alguien, como si querer significara necesariamente necesitar una historia con final feliz y piso compartido. Con Gabriel había aprendido otra cosa.

Podía quererlo y no esperar nada.

Podía sentir todavía mariposas al verlo y regresar después tranquilamente a mi propia vida instantes después del encuentro.

Podía abrazarlo, decirle que lo quería y saber al mismo tiempo que el hombre con quien deseaba construir mi vida estaba en otro lugar.

Gabriel era una de esas personas que probablemente me atravesarán toda la vida.

Florián era el hombre con quien quería convertir el amor en hogar.

Por primera vez, sentí que ambas cosas podían convivir sin hacerse daño. Y me fui a dormir muy tranquila.

A la mañana siguiente, al despertarme recibí una llamada y Florián terminó su relación conmigo. 

No hubo una gran escena. Ni siquiera una discusión memorable. Unas palabras. Miedos que yo ya conocía. Dudas que pensaba que habían quedado atrás.

Y, de repente, todo aquello que el día anterior le había explicado felizmente dentro del coche a Gabriel dejó de existir.

Copenhague.

Los planes.

El anillo.

La vida que había imaginado.

El futuro puede desaparecer con una facilidad obscena, y tan rápido que casi da miedo.

Colgué el teléfono y permanecí sentada en la cama durante un tiempo que después nunca conseguí calcular.

La noche anterior había cenado con mis amigas convencida de que había comprendido finalmente mi propia historia: Había un hombre al que amaría siempre y con quien estaba acostumbrada a no estar. Y había otro al que amaba con toda mi alma, con el que había elegido para construir nuestro hogar, un amor real.

Menos de veinticuatro horas después, el mapa había desaparecido.

Durante los días siguientes pensé muchas veces en Gabriel. No porque quisiera correr hacia él. Precisamente por lo contrario. Quise llamarle muchas veces para apoyarme en él como otras tantas veces, estaba atravesando un dolor enorme y necesitaba a mi amigo, pero no pude…

Pensé en aquellas dos horas atravesando Buenos Aires, en la naturalidad con la que le había contado todos mis planes, en el anillo pasando de mis manos a las de él, en aquel abrazo en el aeropuerto.

Pensé también en algo que pesaba más de lo que quería admitir. La pareja de Gabriel sabía que él había cambiado su vuelo. Lo que no sabía era por qué. Gabriel no le había contado que aquellas horas eran para mí. Ese detalle había quedado flotando entre nosotros como tantas otras cosas que nunca terminaban de nombrarse. 

Y ahora yo estaba sola.

Podría habérselo dicho inmediatamente. Podría haber respondido a cualquiera de los vídeos que él me enviaba de vez en cuando con una frase sencilla a través de redes sociales.

«Al final no me voy a Copenhague».

O quizá:

«Florián y yo hemos terminado».

No lo hice.

Habían pasado varias semanas y Gabriel seguía creyendo, probablemente, que aquella mujer a la que dejó en el aeropuerto estaba preparando una mudanza internacional y una nueva vida junto al actual amor de su vida.

Preferí que siguiera creyéndolo.

No porque quisiera ocultarle nada. Sino porque conocía demasiado bien el peso de aquella información. Entre cualquier otra pareja de amigos, «he terminado mi relación» habría sido solamente una noticia, un apoyo. Entre nosotros no. Entre nosotros podía convertirse en una puerta.

Y Gabriel tenía una pareja.

Una mujer con la que había compartido recientemente un viaje precioso, con quien estaba intentando construir también su propia historia. Yo no sabía exactamente qué podría ocurrir entre ellos. Tampoco quería saberlo. Había aprendido demasiadas cosas a lo largo de los años como para confundirme precisamente ahora.

Querer a alguien no significaba tener derecho a irrumpir en su vida cada vez que la propia se quedaba vacía.

Así que guardé silencio.

Gabriel continuó apareciendo de vez en cuando en mi teléfono con alguna canción, un vídeo absurdo o una broma que solamente nosotros entendemos.

Estuvo más callado de lo habitual después del encuentro del aeropuerto, sigo sin saber el motivo. Yo también. 

A veces imagino la conversación. Le veo leer el mensaje. Me pregunto si preguntaría qué había ocurrido, si llamaría, si se quedaría en silencio, o me diría su típico “te lo dije”.

Después cierro el teléfono.

Todavía no.

Hace unas noches recordé la frase que había dicho en aquella cena de Montevideo con mis amigas.

«Voy a quererle siempre, pero ya estoy acostumbrada a no estar con él».

Sigue siendo verdad. Lo curioso es que ahora tiene un significado distinto.

Pensé que aquella frase representaba un final sereno. Una manera adulta de colocar a Gabriel dentro de mi propia historia pasada mientras yo comenzaba otra vida que deseaba muchísimo con Florián.

Quizá no era un final.

Quizá tampoco era un principio.

Quizá algunas relaciones no necesitan convertirse en ninguna de las dos cosas.

Simplemente existen. Atravesando años, parejas, países, decisiones y versiones diferentes de nosotros mismos.

Yo no sé si algún día volveré con Florián, tampoco sé qué será de Gabriel y de la mujer que compartía ahora su vida.

Pero por primera vez decidí no intentar resolver ninguna de las dos historias.

He pasado demasiados años creyendo que amar consistía en llegar a algún sitio. Tal vez no siempre es así.

Algunas personas llegan para construir contigo.

Otras llegan para enseñarte algo.

Y unas pocas, muy pocas, parecen quedar cosidas a tu biografía de una forma que no depende del desenlace. Y yo sé que Gabriel es una de ellas. Lo he sabido durante años. Solo necesité aquel aeropuerto para decirlo en voz alta.

Y una llamada a la mañana siguiente para comprender hasta qué punto la vida puede cambiar mientras todavía estamos convencidos de conocer el final de la historia.

Así que ya con la certeza de que no sé absolutamente nada, que la incertidumbre, la sorpresa y los giros de guion son una constante en mi vida, sigo haciendo maletas y viajando, esperando que se me atraviesen de vez en cuando los que fueron, son y serán los amores de mi vida.

Besos Sensacionales de Allegra

 

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