Hay amores que no se eligen, sino que te eligen a ti.
Uno llega como una tormenta que arrasa con todo,
y el otro como un refugio que te enseña a quedarte.
Y a veces, solo a veces, la vida tiene la osadía de ponerte ambos en el camino al mismo tiempo.
Uno nació bajo el sol escondido de Bogotá, entre ruidos de aviones, donde la vida huele a café recién molido y a piel mojada después de la lluvia.
Es el amor que vibra sin avisar, el que te recuerda quién eres cuando no tienes miedo,
el que te devuelve las ganas de saltar aunque no haya suelo.
Tiene ritmo, tiene fuego, tiene historia.
Es ese amor que duele y al mismo tiempo te resucita. Del que cierras capítulo mil veces pero siempre vuelve para hacerte volver a vibrar…
El otro habita en la calma ordenada de la ciudad europea donde los días se construyen con propósito y las noches tienen sabor a vino y certeza.
Es el amor que no promete vértigo, sino paz.
El que no te arrastra, pero te acompaña.
El que no grita, pero sostiene.
Su ternura es una casa donde todo se apacigua, donde el invierno aunque frío se siente amable con un abrazo entre mantas y el silencio ya no asusta. Da calma y tranquilidad, donde te refugias para luego volver a volar…
Europa me da estructura, refugio, estabilidad.
Latinoamérica me da alma, pasión, latido.
En una parte del mundo respiro,
en la otra ardo.
Y entre ambas orillas, mi corazón aprendió a ser nómada.
A no necesitar pertenecer para sentir que estoy en casa.
A entender que puedo amar sin quedarme atrapada.
Porque no pertenezco a un hombre,
ni siquiera a una historia.
No pertenezco a un lugar.
Pertenezco a mi misma, a mi propia historia intercontinental, al viento que me lleva
donde aún tengo algo que vivir, que sentir, que amar.
Tampoco para analizar guerras ni convertir la actualidad en titulares de opinión.
Pero hay días en los que lo humano pesa más que lo estético.
Más que lo esperado. Más que lo cómodo.
Y este es uno de esos días.
Estos días, como muchos, sigo las noticias.
Israel, Irán, Gaza, Ucrania, Estados Unidos, Sudán del Sur…
Las amenazas. Las represalias. Los misiles.
Las imágenes pixeladas. Los vídeos que ya no se pueden borrar de la mente una vez vistos.
Y los rostros enmudecidos por el miedo.
Y más allá del ruido, lo que me sacude no es el conflicto en sí,
sino las vidas que quedan atrapadas en él.
Pienso en los miembros de las familias que no pueden comunicarse entre ellos.
En quienes viven o tienen seres queridos en Irán, en Israel, en Gaza o en cualquier otro país en guerra.
En quienes esperan mensajes de “sigo bien” que no llegan porque el internet está bloqueado.
Pienso en la distancia que se convierte en abismo.
En el miedo.
En la impotencia.
En el desarraigo.
Y en medio de todo eso, me doy cuenta, una vez más, de lo profundamente afortunada que soy.
Tengo el privilegio de viajar por el mundo.
De conocer a personas de culturas que hace años me resultaban lejanas.
He compartido aulas, clases, cafés, proyectos y silencios con estudiantes y colegas de decenas de países.
Y cuando haces eso durante suficiente tiempo, algo cambia:
las fronteras se desdibujan, y en su lugar empiezas a ver personas.
Ves la sonrisa de un estudiante libanés que sueña con estudiar medicina en Europa.
Ves a una compañera iraní que ama las letras, el arte, la ciencia y la vida, como cualquier otra.
Ves a tu amiga judía en México, celebrando el shabat con su familia y haciendo todo lo posible por no mirar las noticias de Tel Aviv.
Recuerdas a ese compañero ucraniano que llegaba cada mañana a la oficina con una entereza silenciosa, sabiendo que su familia seguía en zona de guerra.
Y al profesor venezolano que dejó atrás todo lo que tenía por disentir, y empezó de cero con dignidad.
A tu amiga ecuatoriana, marcada para siempre por una tragedia extrema que nunca debería haber ocurrido.
Y a tantos estudiantes que llegaron a ti desde Colombia, Rusia, Cuba, Egipto, Corea, México, Brasil o Venezuela, entre otros tantos países, buscando refugio, buscando consuelo, buscando futuro.
Uno, incluso, acompañado de su padre que te suplicó que lo matricularas, porque si regresaban… no volvería con vida.
Y entonces aprendes.
Aprendes que se puede amar a una amiga judía, empatizar con un colega iraní, escuchar a un refugiado sin juzgar su historia,
y al mismo tiempo cuestionar los distintos gobiernos del mundo sin caer en contradicciones.
Porque los pueblos no son los gobiernos.
Y porque, en todos los países, hay gente buena y gente que no lo es.
Pero sobre todo, hay personas que solo quieren vivir en paz.
Hay quienes nunca han tenido que salir corriendo de su país.
Y hay quienes no tuvieron más remedio.
Hay quienes nacen en tierra firme.
Y quienes nacen en tierra herida.
Y quienes nacen en tierra en guerra.
La diferencia no la marca el mérito: la marca la suerte, más las ganas y el coraje que tú le pones para cambiar tu situación personal, para salir del hoyo en el que te encuentras.
Y por eso, desde esta casa mía,
en pleno centro de Madrid,
con agua saliendo del grifo,
con una nevera llena y un techo estable,
yo doy gracias cada día.
Por haber nacido en este país.
En esta patria.
En este continente que, más allá de sus gobiernos y colores,
sigue siendo tierra de paz, de cultura, de historia y de derechos humanos.
A veces lo olvidamos.
Nos quedamos atrapados en las broncas, en los titulares,
en la política de plató y en los debates de salón.
Pero España y Europa son mucho más que el gobierno de turno.
España es mucho más que lo que se grita en redes sociales.
España es el abuelo que te enseña lo que es la dignidad,
con esa fortaleza silenciosa que nunca necesitó grandes palabras (gracias abuelo, te extraño 💗).
Es la abuela que no te deja irte sin comer (Carmen y Justa se llaman ❤️).
Es la vecina que te riega las plantas cuando estás fuera.
Es el sol en diciembre.
El aplauso en el teatro, los conciertos y cines de verano.
Y la risa que se cuela por los balcones.
España es hogar.
Y desde ese hogar,
hoy abrazo al mundo con el alma abierta y los ojos conscientes.
Porque hoy, más que nunca,
necesitamos mirarnos sin banderas
y reconocernos simplemente como personas.
Personas que aman.
Que pierden.
Que esperan.
Que se ayudan.
Que se reconocen en los ojos del otro, independientemente de la nacionalidad. (Te Amo💙)
Personas que no deberían tener que sufrir una guerra para ser vistas.
Y que no deberían tener que abandonar sus países jamás, si así no lo desean.