Historias fugaces de amor que dejan huella para toda la vida. Parte II.

Retomando la historia del post anterior que puedes leer aquí, te sigo contando…

Siguiendo mi  instinto, mi corazón o mi sexto sentido de mujer, como lo quieras llamar, y sin saber muy bien que es lo que hacía porque a día de hoy sigo pensando que se me fue la cabeza… cogí la primera línea de metro de Sol hasta Goya y cuando me disponía a hacer el transbordo a la línea marrón ¡me lo encontré!

El Encuentro que marcó el destino

Allí estaba sentado en el banco del andén esperando el tren, mirando a la nada, pensativo, arreglado de viernes, con sus vaqueros y abrigo de paño, engominado, ¡estaba guapísimo! y con un semblante demasiado serio… eché a correr hacia él como una loca en cuanto lo vi, grité su nombre, casi me caigo y esbocé mi mejor sonrisa (otra vez como una niña pequeña llena de ilusión), giró la cabeza y cuando me vio ahora el mudo era él, su cara de alucine no la olvidaré en la vida, seguía serio, se puso de pies y cuando llegue a él sofocada me freno en seco agarrándome por los brazos diciéndome que estaba muy enfadado conmigo “pero…¿por qué??” grité sorprendida, en ese momento mi sonrisa desapareció y me sentí estúpida por ir a buscarle, ¡me tenía que haber ido a casa definitivamente! pero yo como siempre ¡haciendo el canelo dejándome llevar por mis emociones! Le expliqué lo de mi móvil, pero de nada sirvió seguía serio y alucinado, ¿cómo se me había ocurrido ir a buscarle? Sin mediar palabra me cogió de la mano, cambiamos de andén y cogimos el tren en dirección a Sol otra vez, durante esas cuatro paradas de metro no dijo ni esta boca es mía, solo me miraba y no me soltaba la mano, yo no sabía ni qué hacer ni que decir, me había vuelto a quedar sin recursos, cuando salimos del metro solo murmuró “vamos a cenar porque tendrás hambre y después de la carrerita…” Yo asentí con la cabeza cual tonta y sin soltarme de la mano me llevo a un restaurante de Huertas dónde había reservado para cenar conmigo, menos mal que aún había sitio porque ya era tarde…

Ahora sí, la segunda cita

Una vez ya sentados, él encargó la comida, yo ni miré la carta, me fiaba de él y cualquiera le decía nada en ese momento que no sé si seguía en shock o es que me había tomado por loca directamente… pidió una botella de vino y dos copas, yo le dije que no bebía, pero me sugirió (casi que me impuso) que al menos lo acompañará con una copa después de lo ocurrido para relajarnos un poco, la cena estaba exquisita, el vino mejor y el lugar era encantador, con un ambiente de a media luz con velas, muy íntimo y minimalista, muy de su gusto y acorde con su sensualidad innata. Al final me tomé más de una copa de vino y efectivamente nos fuimos relajando, empezamos a hablar, me seguía examinando y proponiendo juegos de preguntas para sacarme más información, él seguía buscando ese acercamiento, seguía sin soltarme la mano ¿por qué esas necesidad constante de contacto físico conmigo?, pero ni “mu” de por qué lo había ido a buscar… después de allí nos fuimos a tomar unas copas a un pub de la zona, me besaba suave y lento, bailábamos, bebíamos y no dejaba de mirarme a los ojos, me tenía eclipsada pero ¿yo a él? Ya no sabía que pensar después de todo, pero al fin y al cabo allí estaba conmigo…

Final de la noche que no te esperas

Después de una velada más tranquila que la primera cita, al menos en lo que a la cena y la copa respecta porque poco más… la noche por supuesto tenía que terminar a lo grande, y no es como te estas imaginando a estas alturas de la película… salimos del local, y decidimos bajar andando hasta Cibeles para coger los buses nocturnos para ir cada uno a su casa, teníamos como un paseo de quince minutos, ya en la calle, cuando llevábamos cinco minutos andando, me detuvo en una esquina, y cómo no tenía que haber sorpresa… esta vez me dijo que necesitaba saber que podía confiar en él, ¿no has tenido suficiente con todo lo que ya he hecho por ti en solo dos días que te he visto? Le dije y me eché a temblar de pensar a ver que narices venía ahora, se quitó su bufanda y me la ató tapándome los ojos, me rodeo la cintura con su brazo y me dijo “vamos a seguir caminando, solo sigue mis indicaciones” y por lo que vi no tenía escapatoria así que acepté el reto, estuvimos diez minutos más andando, yo ya no sé por dónde íbamos, porque además me daba vueltas, y solo escuchaba derecha, izquierda, semáforo, cruzamos, cuidado escalón… Al final subí unas escaleras, me ubico mirando de frente a algo, me dejó sola por unos segundos los cuales se me hicieron eternos, o eso creo porque igual estaba contemplándome callado, y de golpe y porrazo me soltó un beso de película, y me susurró al oído “acabo de besar los labios más dulces y tiernos que probé jamás en mi rincón favorito de Madrid”, en ese momento me quitó la bufanda, me abrazo por detrás y me dijo “mira ¿habías visto alguna vez a la diosa Cibeles tan imponente cómo desde aquí?” yo en ese momento volví a enmudecer, y terminé por perder lo poco que me quedaba de cordura y algo más si me llegan a dejar… estábamos justo en las escalinatas del Palacio de Comunicaciones, el Ayuntamiento de Madrid, en La Plaza de Cibeles, realmente mi diosa, porque es la de todos los madrileños, lucía grandiosa desde aquel rincón con la bifurcación que provoca el Edificio Metrópolis entre la calle Alcalá y la Gran Vía de fondo, mira que he ido veces por allí y nunca me había parado en aquella esquina a observar porque la panorámica más habitual es justo al contrario, mirarla desde el otro lado de la Plaza con la Puerta de Alcalá y el Ayuntamiento de fondo, contradictorio lo de este chico que va al revés de lo preestablecido eh? Fuera como fuera comprendí que siempre tiene que marcar la diferencia en cada uno de sus actos y allí mismo caí rendida a sus pies, a la diosa que parecía que nos daba su aprobación a lo que allí se estaba fraguando y a las vistas que eran magníficas, nos volvimos a besar sin mediar palabra, me acompañó hasta mi autobús y me fui a casa.

Las historias fugaces siempre tienen un final

Después de aquella tremenda cita, con guion de película hollywoodiense pero a la madrileña, que todavía no acabo de creerme mucho ni yo misma cuando la recreo en mi cabeza, que demuestra que la realidad supera a la ficción si no lo proponemos, cruzamos algunas conversaciones más por whatsapp, pero él volvió a sus viajes de trabajo y yo a los míos, cada día fuimos hablando menos y no volvimos a quedar, y dirás ¿y ya está? Pues sí, ya está, las cosas son así y no hay que darle más vueltas, creo que las cosas suceden por algo, esa vivencia nos tocó vivirla por lo que fuera, aunque yo estoy convencida que fue para impregnar algo de magia y esperanza en la vida de ambos, para volver a creer en el destino, así lo quiso El Universo en aquel momento, y luego nos tocó emprender caminos por separado, yo opino que él tendría sus razones para no volver a buscarme más, además era todo como demasiado intenso, tanto que nos quedábamos sin palabras ¿Cuánto tiempo hubiéramos aguantado esa tensión que se respiraba en el ambiente, esa atracción tan elevada, inexplicable, por el alma del otro que no por el sexo, que ni siquiera lo hubo, porque con la mirada nos decíamos todo y enmudecíamos a la vez? No mucho la verdad…

Ahora cada vez que paso por Cibeles tengo un motivo más para amar ese lugar que me ha colmado toda la vida de orgullo por ser madrileña, lo recuerdo y sonrío para mi corazón, pues solo en lo más adentro de mi ser yo sé lo que sentí en aquel momento de mi vida. Lo único que puedo decir de esto es que hay personas que están mucho tiempo a tu lado y pasan inadvertidas y otras que solo están unas pocas horas o días y te dejan una huella imborrable, como lo mío con él que fue una historia fugaz que lo fue todo en un instante y nada en toda una vida… es lo que significa, no lo que dura…

Besos Sensacionales de Allegra

 

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